El artista y su creación
Soy de aquellas personas que cree que el mundo esta hecho “a imagen y semejanza” de los seres que escriben en el su propia historia. Cada hecho, acontecimiento, error o alegría, es el resultado de nuestros actos, no la obra de dioses desconocidos y conocidos, sino la obra de aquellos que nos conocemos y ocultamos a nosotros mismos.
Entre estos personajes, existe una “raza” que jamás calla, ni muere en silencio. Ellos recrean su mundo y el mundo a través de imágenes, líneas, palabras y piedras; lo que aman, odian, pierden, anhelan y por lo que sufren, es lo que nutre cada una de sus creaciones.
Unos nos han narrado sobre mundos fantásticos y soñados; con otros nos hemos perdido en laberintos olvidados; algunos deciden reflejar su realidad y casi todos intentan luchar contra diversos miedos que los domina. Con sus imágenes y relatos nos sentimos involucrados en sus historias de tal forma que nos perdemos si no nos alerta la razón sobre la puerta que se cierra y aquella que se abre, porque al develar secretos que expresaban como propios, reflejan verdades compartidas con otros. Para muchos son soñadores, delirantes, subversivos, y hasta sujetos peligrosos. Yo prefiero llamarlos artistas, porque al final el resultado de su labor es el mismo: ellos crean y recrean.
Aun así, siendo narradores de su propia historia como sujetos de una sociedad, no alcanzamos a comprender, completamente, los mecanismos y procesos que tienen lugar en su labor de dar vida. Podríamos conocer aquella área del cerebro relacionada con el proceso de la creatividad, pero el significado dado a las imágenes, notas y palabras escaparía en su esencia y, tal vez el mismo entable siempre un misterio. Por lo anterior, ese sentido parece importar poco o nada a muchas ciencias; al ser de carácter subjetivo no ayudaría a construir leyes para explicar, con certeza, lo que otros han simbolizado.
Sin embargo, es ese significado el que deseo rescatar, comprendiendo, desde la psicología dinámica, el nexo entre el creador y su creación, y lo que en este nexo se devela.
Desde tiempos remotos ha existido una pregunta de gran importancia: ¿Cómo surge en el sujeto la capacidad de creación? El psicólogo Mauro Rodríguez Estrada nos plantea: “Los antiguos tenían una respuesta categórica: surge del otro mundo, de la esfera de lo sobrenatural, de lo divino. Es una irrupción del más allá en el acontecer humano... Los griegos creyeron durante más de mil años en las musas: seres divinos que inspiraban a los artistas, a los sabios, a los inventores. In-spirare, en latín, significa “soplar dentro de”” [1]. Ya en la época moderna y en la potsmodernidad, se abandona la inspiración divina, y nuevas ciencias y disciplinas han surgido para explicar la capacidad de creación: neurofisiología, genética, análisis transicional y el psicoanálisis, son algunas de ellas.
Empecemos a tejer el nexo entre el artista y su creación retomando a Sigmund Freud. Con él, “el psicoanálisis introduce, en vez de lo sobrenatural, las leyes del devenir psicológico; en vez de la inspiración, el inconsciente; en vez de las musas, los deseos y las represiones; en vez de las voces de arriba, las pulsiones de abajo” [2], siendo muy claro el proceso a través del cual se da la creación artística: La sublimación. Como se sabe, el yo puede servirse de este mecanismo para darle un fin más elaborado a la pulsión, que no puede satisfacerse en su meta originaria, si no en otra meta, desplazándola hacia actividades valoradas socialmente donde el sujeto se expresa sobre la realidad objetiva en una producción o creación literaria, artística o intelectual.
Posteriormente, en “El creador literario y el fantaseo” [3], Freud esclarece el nexo entre la creación y la persona creadora. En este texto, Freud compara el juego infantil con la poesía. Dice que todo niño que juega se comporta como un poeta, porque inserta las cosas de su mundo en un nuevo mundo creado por el mismo, para lo que emplea grandes montos de afecto; lo mismo que realiza el poeta cuando narra sus historias sobre las tierras lejanas, los mundos fantásticos y los sentimientos olvidados: siempre encuentra allí a seres conocidos.
Como adulto, el poeta no juega como el niño, pero no puede renunciar al placer que conoció con él, por lo que forma un sustituto para el juego: el fantaseo, donde se construye “los castillos en el aire” o “los sueños diurnos”, que se caracterizan por lo mismo que caracteriza a los nocturnos: “El dichoso nunca fantasea, solo lo hace el insatisfecho... deseos insatisfechos son las fuerzas pulsionales de la fantasía, y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo, una rectificación de la insatisfactoria realidad” [4]. La necesidad, equivalente del deseo en Freud, impone al poeta, al igual que al neurótico, la orden de contar sus penas y alegrías, su insatisfacción ante el mundo, ante lo que en él pasa y frente aquello que afecta a su ser y a sus semejantes. Motivado por fuerzas ocultas, reprimidas, empujadas al inconsciente por ser vergonzosas y no permitidas, encuentran en el campo del fantaseo y de la creación una vía de expresión y satisfacción. Ahora entendemos porque pueden producirse esas emociones, aquellas que despierta en el sujeto al expresar su creación: el desahogo, la plenitud, la libertad, entre otros, son producidos por el reconocimiento y el encuentro con sus deseos y aquello olvidado, pero rememorado en su creación.
Aquel producto de la actividad fantaseada tiene otra característica: “se adecua a las impresiones vitales, alterándose con las condiciones de vida de las que recibe una “marca temporal”” [5], es decir, es influenciada por la historia de la persona, su situación actual y realidad socio-histórica, personificando en sus personajes y héroes las corrientes que entran en conflicto en su propia vida anímica. Esta influencia Freud la describe de la siguiente manera: La fantasía oscila entre tres tiempos que encajan a través del deseo y crean un nexo entre la vida del poeta y sus creaciones. Así, una imagen o intensa vivencia actual (presente), despierta en el poeta el recuerdo de una vivencia anterior (pasado) en la cual el deseo se cumplía, lo que lo conduce a crear una situación referida al futuro donde procura el cumplimiento del deseo con la creación artística. Al parecer, los tiempos psicológicos se confunden en un todo para construir una historia donde recrea lo que a vivido y se vive en la historia.
Por su lado, Maline Klein y Hanna Segal, retoman también el concepto de sublimación, y ubican su aparición como mecanismo en la posición depresiva. Para Klein son la depresión, el duelo y la perdida vivida por el daño del objeto, los que dan paso a la sublimación como una tendencia a reparar y restaurar el objeto bueno. En este proceso se da la recuperación interna (recreación dentro del yo) del objeto dañado, convirtiéndolo en un símbolo [6], es decir, en objetos, actividades o intereses especiales donde se fija la pulsión. Así , creados primero interiormente, los símbolos pueden ser proyectados sobre el exterior en actividades que representan los intereses particulares y creativos del individuo.
A esta concepción se suma la simbología y la psicolingüística, donde el hombre es un ser simbólico que cubre cada rincón de su vida con símbolos que le permiten manejar las cosas sin un contacto directo con ellas. Tal y como plantea Mauro Rodríguez Estrada, el símbolo “puede actualizar frente a sí el pasado y el futuro; lo próximo y lo distante, lo ya existente y lo aun no existente” [7].
Si nos servimos de esta teoría para analizar el nexo entre la persona creadora y el objeto creado, encontramos que este sería un símbolo, una recreación de objetos internos que representan las figuras, hechos y situaciones significativas de un sujeto, que estructuran su realidad psíquica al representar un modo particular de afrontar la perdida y “reparar” lo que siente destruido en sí mismo, en el otro y en su realidad más cercana y lejana.
Retomando la teoría de las relaciones objétales, el psicólogo argentino Enrique Pichón Riviere, explica el nexo entre el objeto creado y las persona creadora a través del proceso creador. Al igual que para Klein, el móvil de este proceso es la pérdida que origina una crisis. Ahora, esa pérdida “puede ser de cualquier índole, particular o social, en la medida en que con consciencia de la realidad social una pérdida en este terreno nos afecta interiormente, nos provoca la depresión que será el material para elaborar” [8]. Así, la motivación de la creación, la pérdida, tiene dos niveles: “Hay factores que actúan en la creación y que están ligados a lo más estrictamente subjetivo en el sentido de la historia personal de ese sujeto. Pero, simultáneamente, para que se pueda producir cabalmente ese proceso creativo, es muy factible que haya (más aun, entiendo que es necesario), a la vez, una determinación por el contexto histórico social... que se articula con las necesidades más ligadas a la vida psíquica del sujeto” [9].
Con lo anterior adquieren sentido, no solo la fuente de “inspiración” de aquellos artistas ligadas a situaciones y experiencias emocionales de la vida cotidiana del sujeto, sino también aquellas situaciones sociales, económicas y políticas que subyacen, se revelan o representan en diversas creaciones artísticas, adquiriendo el carácter de emergentes sociales y haciendo del creador un “agente de cambio” que devela las inconsistencias del sistema social al trascender y lograr representar en su creación un mundo que es propio y de todos, vinculándose la ideología del artista y la reparación de los objetos internos con una identificación con los marginados o sometidos y con aquello que para ellos ha sido destruido.
Desafortunadamente, considerarlo como agente de cambio frente a situaciones que pueden romper con lo instituido, puede generar que se desplace sobre él los resentimientos, miedos, fracasos, soledades e incertidumbres de otros, logrando su exclusión, su marginación, e incluso su estigma como “alienado o enfermo”, cuando en realidad el móvil de su creación era vencer el misterio para penetrar en lo desconocido.
Por su lado, el proceso creador puede entenderse de la siguiente forma: Inicialmente el artista tiene un encuentro fortuito con una situación de destrucción o desintegración (de muerte o de pérdida), esta situación genera un vínculo vocacional con un objeto interno que se transformara en el objeto estético. Luego el objeto es reparado por el artista para ser transformado, y externalizado en la tela o el papel. Allí, al lograrse la integración, triunfa la vida sobre la muerte, la salud sobre la locura, porque “todo aquello que ha muerto puede ser recreado en la obra artística” [10].
El examen del nexo entre el objeto creado y la persona creadora a develado, como ya había planteado Pichón Rivière, dos aspectos fundamentales: en el hombre, una necesidad de crear para reflejarse, para afianzar su identidad, logrando verse en el mundo externo; y en el arte, la función de conocer e indagar la realidad, donde el sujeto resuelve a través de él las contradicciones internas, recreando la dinámica y el conflicto psíquico por medio de los mecanismos de la sublimación y la reparación, pero expresándose también como emergente de los mismos procesos y conflictos que vive la sociedad.
El arte “es una de las formas de preservación que tiene la raza humana“ [11], es uno de los caminos (el otro es la locura) frente a una situación de crisis, donde las palabras, las imágenes, los colores y lo que ellos representan, le permiten al sujeto transitar por el mundo, expresar y compartir sus significados, sin vencerse ante la pérdida y la muerte. Como plantea el Lic. Carlos A. Churba, el artista logra a través de su creación transitar “por el mundo de un modo significativo, logrando una identidad que le permita reconocerse dentro del conjunto viviente, de poder recortar un sector de la realidad llamada objetiva nombrarla y otorgarle un sentido a su existencia ”.[12]
Al revisar estos autores encontramos que la psicología tiene, en la creación artística, un puente hacia el mundo interno del sujeto, viajando con “su historia hacia la historia”. Incluso, esta actividad se postula con la posibilidad de ofrecer efectos terapéuticos, ya que, al ser el sujeto quien se muestra en lo que recrea, encontrara un sendero que le trae a la realidad lo que desea y no desea encontrar sobre sí mismo. Ese nexo con ellos y con su historia, podría transformarse, incluso en una posibilidad de cura, si el mismo comprende su lógica, su paradigma sobre el mundo, tan válido como otros porque lo orienta en su vida y concepciones.
Con lo dicho, pienso que esta reflexión, donde se rescata el significado individual de las creaciones, es valida, porque alguien me enseño a valorar esas lógicas fundantes de saberes y conocimientos propios e intersubjetivos, mostrándome que todo conocimiento sobre el mundo y sus criaturas será vano si el sujeto no conoce sus propios abismos, profundidades y luces, aquellas que le darán sentido a lo que le pasa, a lo que sabe y a lo que hace con lo que le pasa y sabe.

[1] RODROGUEZ ESTRADA, Psicología de la creatividad: Manual de seminarios vivenciales México: Pax-México, 1985. p. 32.
[2] Ibid, p. 33.
[3] FREUD, Sigmund. Las obras completas de Sigmund Freud. Volumen IX (1908), El delirio y los sueños en la “Gradica ” de W. Jensen y otras obras. El creador literario y el fantaseo.
[4] Ibid.
[5] Ibid.
[6] Entendiendo como símbolo aquello (objetos, palabras, etc.) que por particularidades propias es capaz de representar las características del objeto o situación emocional simbolizada, sin confundirse con lo último.
[7] RODROGUEZ ESTRADA, Psicología de la creatividad: Manual de seminarios vivenciales, Op. Cit., p. 34.
[8] ZITO LEMA, Vicente. Conversaciones con Enrique Pichón Rivière sobre el arte y la locura. Buenos Aires : cinco, 1976. p. 147.
[9] Ibid, p. 148.
[10] Ibid, p. 139.
[11] Ibid, p.156.
[12] CHURBA, Carlos A. La creatividad en el psicoanálisis. En: www.carloschurba.com/dimension2.htm


Referencias bibliográficas
CHURBA, Carlos A. La creatividad en el psicoanálisis. En www.carloschurba.com/dimension2.htm .
EL CALDERO DE LA ESCUELA. Revista numero 42; Articulo: “La sublimación en Freud y el Lacan”, Paginas 37-38.
FREUD, Sigmund. Las obras completas de Sigmund Freud: Volumen IX (1908), El delirio y los sueños en la “Gradica ” de W. Jensen y otras obras. El creador literario y el fantaseo.
PICHON-RIVIÉRE, Enrique. “El proceso creador: Del psicoanálisis a la psicología social III”. Buenos Aires: Edición Nueva Visión, 1987. 99p.
RODROGUEZ ESTRADA, Mauro. Psicología de la creatividad: Manual de seminarios vivenciales. México: Pax-México, 1985. 134p.
ZITO LEMA, Vicente. Conversaciones con Enrique Pichón Rivière sobre el arte y la locura. Buenos Aires : cinco, 1976. 173p.

Poiesis Número 10 • DICIEMBRE 2005 - Gladys Janeth Ríos- Estudiante de Psicología. FUNLAM